Colección. Moda que provoca una reacción, desnudada hasta un crudo
primitivismo con la excitación de lo kink. Se estimula el tacto: fieltro, látex,
cuero, tweed, punto, fibra impresa en 3D, seda, resina. Se captura el
movimiento, los objetos quedan atrapados. Vestidos de piel moldeado,
bustiers de fieltro moldeado, vestidos drapeados con pecheras de labios
o sujetadores de globo. Chaquetas desflecadas en el cuello o pecho. Un
vestido congelado en el tiempo. Blusones y vestidos de punto abullonados.
Más drapeados, un abrazo de trampantojo y más globos, hasta los tacones.
Botas vaqueras kinky. Sandalias como cinturón de seguridad. El Flamenco
y el Goya se hinchan, el Puzzle se convierte en colores sólidos, los arquetipos
se inflan.
El caos de la génesis se reconstruye a través de objetos que no son derrotistas. El ojo
puede sentir la textura en un big bang que parte de los albores de la humanidad y salta
a la revolución industrial.
Escenario. Los invitados entran en el recinto a través de una reproducción monumental
de Aquarius, 2010, de Anthea Hamilton. Aquí, Hamilton juega con la política del icono
y cuestiona el deseo que despierta. La imagen de un hombre tonificado que sólo lleva
unos pantalones cortos es el epítome del cuerpo masculino idealizado. Las sombras de
la estructura de andamiaje que lo sostiene se dejan ver, enmarcando el cuerpo de forma
que evoca el Hombre de Vitruvio de Leonardo da Vinci, otro símbolo de la supuesta
perfección masculina.
El lugar de celebración es un pabellón cuadrado cubierto por completo de moqueta
marrón, inspirada en las bolsas de sake y que recuerda a la tierra: una escena primitiva.
Dentro del espacio, encontramos las calabazas gigantes de Anthea Hamilton, 2022.
Las réplicas a escala exacta de calabazas gigantes reales -que suelen cultivarse
para la competición- han sido creadas por la artista en colaboración con LOEWE, y
elaboradas de cuero. Sus formas grandes, suaves y envolventes invitan al tacto y a la
posibilidad de recostarse en sus contornos acolchados, como objetos llenos de potencial
surrealista y surrealista y el humor, pero también repletos de belleza.
Colección. Moda que provoca una reacción, desnudada hasta un crudo
primitivismo con la excitación de lo kink. Se estimula el tacto: fieltro, látex,
cuero, tweed, punto, fibra impresa en 3D, seda, resina. Se captura el
movimiento, los objetos quedan atrapados. Vestidos de piel moldeado,
bustiers de fieltro moldeado, vestidos drapeados con pecheras de labios
o sujetadores de globo. Chaquetas desflecadas en el cuello o pecho. Un
vestido congelado en el tiempo. Blusones y vestidos de punto abullonados.
Más drapeados, un abrazo de trampantojo y más globos, hasta los tacones.
Botas vaqueras kinky. Sandalias como cinturón de seguridad. El Flamenco
y el Goya se hinchan, el Puzzle se convierte en colores sólidos, los arquetipos
se inflan.
El caos de la génesis se reconstruye a través de objetos que no son derrotistas. El ojo
puede sentir la textura en un big bang que parte de los albores de la humanidad y salta
a la revolución industrial.
Escenario. Los invitados entran en el recinto a través de una reproducción monumental
de Aquarius, 2010, de Anthea Hamilton. Aquí, Hamilton juega con la política del icono
y cuestiona el deseo que despierta. La imagen de un hombre tonificado que sólo lleva
unos pantalones cortos es el epítome del cuerpo masculino idealizado. Las sombras de
la estructura de andamiaje que lo sostiene se dejan ver, enmarcando el cuerpo de forma
que evoca el Hombre de Vitruvio de Leonardo da Vinci, otro símbolo de la supuesta
perfección masculina.
El lugar de celebración es un pabellón cuadrado cubierto por completo de moqueta
marrón, inspirada en las bolsas de sake y que recuerda a la tierra: una escena primitiva.
Dentro del espacio, encontramos las calabazas gigantes de Anthea Hamilton, 2022.
Las réplicas a escala exacta de calabazas gigantes reales -que suelen cultivarse
para la competición- han sido creadas por la artista en colaboración con LOEWE, y
elaboradas de cuero. Sus formas grandes, suaves y envolventes invitan al tacto y a la
posibilidad de recostarse en sus contornos acolchados, como objetos llenos de potencial
surrealista y surrealista y el humor, pero también repletos de belleza.







































































































































